“El propio amo de esto es el Orinoco. Nosotros somos los que le quitamos tierra a él pa’ nosotros trabajar”. Son éstas, palabras de Jesús Ojeda, uno de los hombres y mujeres que llevan toda la vida sembrando en las tierras que el “Padre río” les da y les quita.

1 mar. 2013

Vegueros es selección oficial en Espiello



Ya se han elegido los documentales seleccionados para participar en la Sección Concurso de ESPIELLO XI (2013)

Este año competirán 25 películas llegadas desde Argentina, Brasil, China, Colombia, Croacia, Ecuador, España, México, Reino Unido, Sierra Leona y Venezuela.

5 oct. 2012

Vegueros obtiene mención de honor en SURRealidades 2012



Del 7 al 13 de septiembre de 2012, Bakata-Colombia, se   el “5to Festival Iberoamericano de Cine Ambiental y Derechos Humanos SURrealidades 2012”, país invitado PERÚ, festival Producido por La Fundación Orientación Ecológica OE Colombia, donde se prioriza el  tema ambiental en beneficio de comunidades urbanas, pueblos ancestrales indígenas, afros y campesinas.


36 películas de 13  países, 21 en competencia - 30 invitados nacionales de comunidades indigenas, afrodesendientes y campesinas - 2 invitados internacionales – 9 eventos académicos- 5700 asistentes.

Más información en la siguiente dirección: http://www.surrealidades.com/.

22 oct. 2011

Vegueros en Documenta 2011


Vegueros ha sido seleccionado para el 6º Festival de Cine Documental de Caracas DOCUMENTA 2011, marco referencial del 2º Premio Regional Andino de Cine Documental, que tendrá lugar del 09 al 24 de noviembre de 2011.

Participará representando a Venezuela en la categoría de Mejor Cortometraje Documental Andino, junto a las siguientes obras: Ciudad de Letras de Julio Oyaga Martínez (Colombia), Fieras de Marcel Nicolás Jaworski Guerrero (Venezuela), Hogar Embera de Enrique Yañez & Oscar Gómez (Colombia), Hombres de arena de Joaquín Cortés Peteiro (Venezuela) y La Familia de María de Ricardo Armas Galindo (Venezuela).

Durante todo este tiempo, Vegueros ha sido presentado en distintas oportunidades y será incluido en la programación de un canal de señal abierta, completando un ciclo de difusión de bastante aceptación por parte del público en general y también especializado, en ámbitos artísticos, socioculturales y agrícolas, como corresponde a una producción relacionada a Los Llanos y la agricultura.

Muy pronto ofreceremos detalles sobre las realizaciones que darán continuidad a lo conseguido por medio del documental "Vegueros".

4 sept. 2010

El Festival de Cine Latinoamericano y Caribeño de Margarita 2010, organizado por la plataforma del Cine y Medios Audiovisuales del Ministerio del Poder Popular para la Cultura, a través de la Distribuidora Nacional de Cine Amazonia Films, llega a su tercera edición.

Vegueros forma parte de la selección oficial en la categoría corto o mediometraje documental nacional, junto a diez realizaciones más de los años 2008, 2009 y 2010: Absolución final. Historia de una fotografía, de Juan Carlos Solórzano; Barrabás, de Giuliano Salvatore; Caracas, shopping center, de Alejandra Szeplaki y Amandine Rubi; Ese Eme (La historia no autorizada), de Sergio Zaurín; Guerreros del arcoiris, de Gabriela González; Historia de un día, de Rosana Matecki; Hombres de arena, de Joaquín Cortés; Honduras: la batalla de la dignidad, de Ángel Palacios; Sin ti contigo, de Tuki Jencquel; y Tostados por el sol. Anécdotas en un por puesto, de Mabel Paredes. (AVN)

6 jun. 2010

Vegueros forma parte de la Muestra de Cine Documental, Caracas Docs, que será realizada a partir del mes de junio 2010 con una selección de 30 títulos entre cortos, medios y largos en la ciudad de Caracas.

Pablo Gamba (www.revistavertigo.info) ha propuesto una selección de 10 títulos para la MUESTRA VENEZOLANA, entre los que se encuentra el documental Vegueros.

Para más información visitar el blog: ccsdocs.blogspot.com

1 mar. 2010

Estreno en Caracas y programación en todo el país


El pasado 11 de febrero se cumplió con el estreno en la capital del país y ahora continuando con el apoyo de la Fundación Cinemateca Nacional, el público de más de doscientas salas comunitarias y una decena de salas regionales tendrá la oportunidad de apreciar Vegueros.

Para mayor precisión, será los jueves 4, 11, 18 y 25 de marzo. Guacara 4:30 pm / Acarigua y Valera 6:00 pm / Pampatar, San Carlos, Puerto Ayacucho, San Felipe, Barquisimeto y Calabozo 6:30 pm / Guanare 7:00 pm / Marcaibo 8:00 pm. En cuanto a las comunitarias depende de la programación particular de cada una.

Así mismo Vegueros sigue siendo presentado en el estado Guárico, con proyecciones en sitios al aire libre como la Plaza Bolívar de San Juan de los Morros, gracias a la Plataforma de Cine y Medios Audiovisuales y su sala itinerante para los llanos guariqueños.

31 ene. 2010

“Vegueros” se preestrenó en Guárico y Bolívar



Con la proyección efectuada en horas de la tarde del viernes 28 de enero en la Sala Cinemateca Calabozo, finalizó el preestreno del documental “Vegueros” en el estado Guárico.

La nueva obra del cineasta Carlos Gómez de la Espriella, pudo ser apreciada el día 20 por el público de Valle de la Pascua, capital del municipio Leonardo Infante. El 21 se dio a conocer en Parmana –eje fundamental en la realización del cortometraje– y el 22 en Espino, poblaciones al sur de la mencionada jurisdicción local.

“Vegueros” también se mostró el sábado 30 en el municipio Cedeño del estado Bolívar, específicamente en Las Bonitas, donde una nutrida concurrencia colmó la Plaza Bolívar para ver en la pantalla grande a personajes que les son comunes y cercanos en su cotidianidad. Similar respuesta de aceptación e identificación con esta producción audiovisual, brotó del público de Valle de la Pascua, Espino y Parmana.

El preestreno del documental contó con el respaldo del Ministerio del Poder Popular para la Cultura, a través de la Plataforma del Cine y Medios Audiovisuales que coordina en Guárico Bladimir Rodríguez.

Para llevar “Vegueros” a las diversas comunidades, se estima que la sala itinerante de cine efectuó un recorrido vial de más de 2 mil kilómetros, entre carreteras nacionales y trayectos rurales.

El estreno nacional está pautado para el 11 de febrero en Caracas, con el auspicio de la Fundación Cinemateca Nacional. Cabe resaltar que el reciente trabajo del joven realizador guariqueño, fue financiado por el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC), tras resultar seleccionado en la convocatoria 2008.

“Vegueros” transcurre en las costas del Orinoco Medio, durante el periodo de cosechas, el momento más importante y difícil de cada año para los hombres y mujeres que llevan toda la vida sembrando en las tierras que el gran río les da y les quita.

El documental hace visible las condiciones en que se desarrolla el ancestral oficio en pleno centro geográfico de Venezuela, a orillas de su principal cauce fluvial, en base a un esfuerzo diario que no puede menos que enorgullecer a quienes le dan verdadera importancia a la producción agrícola de un país. (Marlen Leal / CNP 9.706)

Trailer

Cuando el río da y quita



Texto y fotos: Marlen Leal

Decir Orinoco es decir agua, tierra, vida. Por eso es amo y señor del oficio de sembrar y cosechar en sus costas. Un oficio destinado a hombres y mujeres que han aprendido a respetarlo y a no dudar, que así como les da espacios para trabajar, también se los puede quitar.

Hombres y mujeres regidos por lo que les depare el Padre río. Vidas que son comunes tanto en invierno como en verano. En ellos y ellas se centra Vegueros, un documental realizado por Carlos Gómez de la Espriella entre los estados Guárico y Bolívar.

“De los vegueros muchos, casi todo el mundo se espanta”, dice Jesús Ojeda, uno de los protagonistas del cortometraje, al explicar por qué prefiere que lo llamen productor y no veguero. Desde el punto de vista popular, sobre todo en el centro del país, en Venezuela un “veguero” o “veguera” es considerado un campesino ignorante e inculto, que no conoce nada más allá del “monte” donde habita y cuando va a la ciudad, por ejemplo, anda más desorientado de lo normal y todo cuanto ve le parece nuevo y sorprendente.

Precisamente ese tipo de espanto trata de alejarlo Carlos Gómez con su nueva obra audiovisual, porque como él resalta: “Los vegueros son un grupo de agricultores tan valiosos culturalmente hablando, como los mismos llaneros”.

Vegueros es un documental que surge de la inquietud de su director por escudriñar en la actualidad del hombre rural venezolano y sobre todo, por su pleno convencimiento de la urgencia del volver al campo antes que sea muy tarde.

Asimismo, por lo que identifica como “una necesidad casi que natural de trabajar en esa zona”, Gómez vuelve a situar una de sus producciones cinematográficas en el Orinoco Medio.

Es así como bañado por las aguas del gran afluente, Vegueros abre un cauce para reflexionar sobre una actividad productiva generalmente subestimada.

Carlos Gómez: “El verdadero centro del país”



Con la realización de Vegueros aumenta en el joven cineasta guariqueño, Carlos Gómez de la Espriella, su interés por generar proyectos audiovisuales destinados a resaltar lo que considera “el verdadero centro del país”: el Orinoco.

Para conocer un poco más de su reciente documental, Gómez explica la esencia del mismo y adelanta algunos detalles de su próximo trabajo, al que espera darle igualmente un valor agroecológico.

-¿Por qué decidió realizar un documental sobre los vegueros y no sobre otro tipo de trabajadores dedicados a la actividad agrícola?
-Hay muchos productores del campo que merecen también un trabajo audiovisual como el que se hizo con los vegueros, pero en particular lo que uno se consigue en el Orinoco Medio es un ejemplo de esa dependencia que el hombre tiene de la naturaleza y en este caso puntual, de un río como el Orinoco que está entre los más caudalosos del mundo y da para mucho, cinematográficamente hablando, en paisajes y en situaciones muy valiosas para el cine, para la realización de un documental.

-¿Cómo veía a un veguero antes de realizar el documental y cómo lo ve ahora después de realizado?
-El primer concepto que me llamaba la atención acerca de los vegueros, es el que se maneja a nivel popular en el centro del país y entre los mismos llaneros, que un veguero es una persona ignorante de lo que es una ciudad. Los llaneros piensan que los vegueros no conocen mucho más allá de lo que tienen a su alrededor en su cotidianidad. Y yo, por lo menos que soy de Guárico, he escuchado que cuando le dicen veguero a alguien es como si le dijeran ignorante o inculto. Cuando estuve por varios meses en la población de Parmana, a orillas del Orinoco, entendí la complejidad de lo que significa ser un veguero, sobre todo ahí en esa zona, porque hay vegueros en el resto de la región llanera. Un veguero es una persona que cultiva en las vegas de los ríos, y las vegas son las zonas anegadizas, son como las costas, la orilla de los ríos, que durante la época seca quedan al descubierto y gracias al mismo río, están abonadas, enriquecidas, por la materia orgánica que arrastra el río durante la época de lluvia. Y a mí me impresiona que se desconozca la existencia de esta forma de hacer agricultura.

-¿Cambió en usted esa imagen de hombre ignorante del veguero?
-Lo que yo siempre tuve claro es que esa tal ignorancia es una interpretación errónea, porque desde el punto de vista antropológico siempre pasa. En una región, en el caso del llano, hay un grupo dominante, que serían los llaneros. Pero en los llanos vive un grupo minoritario, porque cada vez son menos, los vegueros, así como los indígenas, que también son grupos o pueblos, los pumé en Apure y los e´ñapá en Bolívar, por mencionar algunos. Los llaneros, bien sea por cuestiones culturales e históricas, produjeron esa imagen del veguero, como de casi una persona inferior. No cambió mi imagen del veguero porque yo sabía que existían esos conceptos erróneos que se dan en cualquier relación intercultural, regional, nacional, etcétera. Los vegueros son un grupo de agricultores tan valiosos culturalmente hablando, como los mismos llaneros.

-¿Por qué escogió específicamente el Orinoco Medio y no otra parte del Orinoco?
-Yo soy del estado Guárico, nací en Valle de la Pascua, capital de un municipio costero en el río Orinoco y a pesar de que durante mi infancia y mi adolescencia viví en las zonas rurales del municipio, realmente no recordaba, no tenía en mi memoria, la imagen de la única vez que fui a Parmana y me encontré frente a ese río, en esas costas. Yo vine conociendo de verdad las costas del río Orinoco en el estado Guárico, hace apenas cinco años y desde ese momento me di cuenta que debía hacer no uno, sino varios documentales de esa región de Venezuela que comprende el Orinoco Medio.

-¿Qué mensaje siente que prevalece en su documental? ¿Hay un mensaje de optimismo o de pesimismo en cuanto al presente y futuro de esa actividad agrícola?
-Creo que no traté de dejar un mensaje ni positivo ni negativo. Con el documental queda la posibilidad para reflexionar sobre el mundo de los vegueros, la agricultura en Venezuela, sobre la importancia de los recursos naturales. Ahora, creo que si hay un mensaje, es que no es nada fácil el trabajo agrícola en general y por lo tanto debe tener las mejores consideraciones por parte de quienes dirigen las políticas a nivel estatal, porque se trata de la soberanía alimentaria de un país. Y si entonces en el centro geográfico del país, en el río más importante de Venezuela, la gente que vive ahí, los agricultores, no cuentan con todo el apoyo y la prioridad gubernamental, faltaría mucho para pensar en estar suficientemente encaminados hacia una agricultura fuerte y sustentable, sobre todo desde el punto de vista agroecológico.

-¿Lo ocupa en este momento la realización del algún otro documental?
-Estoy montado en la posproducción de una serie para televisión de trece capítulos, de cuarenta y cinco minutos de duración cada uno. Esta serie cuenta con el financiamiento del Fondo de Responsabilidad Social y espero que para el próximo año esté ya en las pantallas de televisión, a escala nacional. Por cierto, tres capítulos se desarrollan también en el Orinoco Medio. Para mí, el Orinoco es el verdadero centro del país, debería verse como la espina dorsal de la nación y es una necesidad casi que natural, trabajar en esa zona. Igualmente estoy participando en la actual convocatoria del Centro Nacional Autónomo de Cinematografía para producir otro documental aquí en Guárico, esta vez dedicado a los propios llaneros, en una de sus facetas más tradicionales, de un gran valor agroecológico también.

-¿Por qué se inclina por el documental y no por la ficción?
-Yo he hecho varios cortometrajes de ficción. En la Escuela de Medios Audiovisuales en Mérida, tuve la oportunidad de trabajar en 35 y 16 milímetros, dos cortometrajes, uno de estos es El mandado, que me dejó muy contento y con muchas ganas de seguir haciendo ficción, pero todo tiene su momento y ahorita siento el compromiso de hacer documentales y siento que de estos documentales, de todas las vivencias que significan la realización de cada uno, van a salir buenos proyectos de ficción para contar lo que con el género documental no se puede.

-¿Qué le queda de la realización de Vegueros?
-Pienso que a quienes debería quedarles algo es, primero que todo, a los mismos vegueros, participantes o no en la realización. Ellos tendrían que ser los primeros beneficiarios de un registro que visibiliza el esfuerzo con que se dedican a producir alimentos y materia prima como el algodón, en un país que durante más de cincuenta años le ha dado la espalda al mundo rural.
-En segundo lugar está lo que debe quedarnos a los venezolanos como ciudadanos pertenecientes a un país donde casi todo lo que consumimos es importado y muy pocos realmente se preocupan por lo que implica producir lo básico para todo ser humano, como lo es el alimento diario. A pesar de que casi no producimos y todo lo importamos, sobre todo los “urbanitas”, habitantes de las ciudades, somos desmesuradamente consumistas. La banalidad en que caemos como sociedad cuando no nos tenemos que preocupar por qué comeremos o qué vestiremos mañana, nos llevará tarde o temprano a una situación insostenible. Por último, si algo me tiene que quedar a mí, es la preocupación porque este tipo de documentales se sigan haciendo y lleguen a donde tienen que llegar: más que nada a la conciencia de cada uno de nosotros.

Protagonistas



De los testimonios aportados por los vegueros y vegueras de mayor participación en el documental, quedan tantas palabras valiosas, algunas finalmente descartadas para la versión cinematográfica, que Internet u otros medios ofrecen la oportunidad de no dejarlas ocultas para siempre en el registro original, así como para compartir algunas reflexiones basadas en la convivencia con estas personas durante los días de rodaje.

Un productor de verdad

La risa de Jesús Ojeda es una risa fuerte, tan fuerte como el viento que sopla diariamente en El Brisote. Con su risa rompe la timidez que pocas veces le permite mirar a los ojos de quien le habla. Con su risa confirma que es un hombre que no le teme a las durezas de la vida.

Su ritmo cotidiano y su trabajo, como el de todos los vegueros y vegueras, están determinados por el invierno y el verano. “Yo vivo en Caicara de invierno –asegura– porque de verano estoy aquí en la vega”.

En verano o incluso antes, cuando las aguas del Orinoco comienzan a bajar, Jesús Ojeda se traslada a su vega en El Brisote para ver qué le dejó el río ese año de tierra y cómo se la dejó. Pero no lo hace solo, lo acompaña Carmen Molina, su esposa, el más fuerte apoyo que tiene en esta labor.

Luego se le suman algunos hijos –son diez, cuatro hembras y seis varones– sin empleo fijo o los que al igual que su padre, desean seguir apostándole a la siembra en las riberas del gran afluente. Con ellos también llegan los nietos, de diferentes edades y tamaños. Los que estudian van de vez en cuando y los más pequeños alegran los días de sus abuelos con muestras de genuino afecto, las inevitables travesuras y sus innumerables juegos, como hacer y volar papagayos.

Según su propia experiencia “desde muchacho” en la siembra de algodón, Jesús Ojeda concibe a un veguero así: “Mire, cónchale, un veguero sufre miles y miles cosas y necesidades. Le digo que yo tengo 57 años y bueno, yo tengo tiempo trabajando, desde que nací estoy trabajando la agricultura de la vega. Sí, bueno, y hay años que nos va bien y hay años que nos va regular, hay años que nos va bien y así. Y eso uno trabajando la vega, uno aguanta muchas necesidades y muchas cuestiones. Pero usted sabe que cuando uno no es profesional que no tiene, por lo menos que uno no es pues bien estudiado ni bien preparado pa´ las cosas, uno tiene que, nada, trabajar vega porque es lo más fácil pa´ uno, pues”.

Ojeda tiene sus reservas en cuanto a ser denominado veguero. Tras soltar una gran carcajada, aclara que prefiere que lo llamen productor: “No, no me gusta que me digan veguero. Productor. Ah, bueno, no, es que usted sabe. Soy veguero verdad, porque estoy en la vega, pero nosotros lo que queremos es ser productores, productores. Sí. Le damos producción al país, digamos”.

Para no dejar dudas al respecto, argumenta: “Sí, no, sí, vegueros, vegueros, usted sabe que de los vegueros muchos, casi todo el mundo se espanta. Bueno, he oído yo, pues, yo oigo decir no un veguero, un veguero no, cónchale. Bueno, no, veguero. Uno es productor que lo que hace es darle producción al país. Beneficio, beneficio pa´ que haiga pues, bromas. Uno, porque sin uno el pobre, el productor, mire, la broma está embromada. No se jalla, al no tener, al no trabajar uno cómo se vive”.

Jesús Ojeda cree que existen los auténticos productores y los que se hacen llamar productores. “Muchos decimos somos productores pero no somos, porque eso de ser productor, vea esta vega mía, por un ejemplo. Ajá, nosotros somos productores y sabemos el trabajo que nos corresponde en la vega y sabemos pues, que pa´ poder uno representar y ser productor, uno tiene que tener las cosas limpias y atenderla pues a la agricultura como es debido. Bueno, eso lo hacemos nosotros. Muchos dicen, no, yo soy un productor, pero ese lo que hace, ese siembra por ahí un pedazo de tierra y no le atiende, eso lo deja que se enmonte. No hace nada con eso. Nosotros no. Nosotros desde que caímos pa´ acá es atendiéndole al conuco, pues, a la vega, que todo esté limpio y que la broma se nos dé bueno, que nosotros saquemos una buena cosecha. Así es el que es productor de verdad”.

El productor de El Brisote extiende su claridad al explicar que nadie es propietario de una vega porque en su opinión, “el propio amo de esto es el Orinoco” y subraya que “nadie tiene propiedad aquí en la costa del Orinoco”.

“Nosotros los hombres somos los que le quitamos tierra a él pa´ nosotros trabajar, sí. Ah, bueno, el Orinoco, es que es el dueño, el patrón de las tierras, sí. Esto era grandísimo pa´ allá, mire, grandísimo pa´ allá y ya nos ha venido quitando ya, no nos viene dejando mucha tierra ya el hombre, pero ahí vamos luchando. Pa´ lante, sí. Ya cuando uno cosechó todo, que no le queda nada, uno lo que hace es picar y arreglar las tierras, que ya finalizó todo, se fue. Y ahí uno le entrega es al Orinoco, que es lo último que uno hace, entregarle al Orinoco pa´ uno irse”.

Levantar la casa año tras año



Todo lo que tumba el río a su paso, todo lo que hace más llevadero el día a día en la vega, todo lo vuelve a levantar con mucho brío, año tras año, Carmen Molina.

Carmen Molina es el complemento de Jesús Ojeda, tanto que la considera como igual a él, “porque cuando yo pienso una cosa –comenta el productor– ella también ya tiene lo mismo, porque no ve que somos nacidos en esto, pues”.

“Esa doña”, como le dice su esposo, proviene de padres dedicados a cultivar en predios del Orinoco. Distribuye el tiempo entre la preparación de la comida y la atención al algodonal y a otros sembradíos que en menor proporción: patilla, frijoles, auyama, melón y maíz, le permiten reforzar la alimentación familiar.

Lo que hace, lo ilustra de esta manera: “Cocinar y coger algodón. Sí, yo recojo algodón también, como no, y siembro también, recoger frijol, sembrar, todo. Anteayer recogí un viaje de auyamas por ahí, por allá las tengo amontonadas pa´ mandarlas pal pueblo el domingo. Lo que pasa es que todavía no las he traído pa´ acá, pero ayer salí pa´ allá y despegué. Tengo unas arrumadas por ahí. Bueno, también se vende la auyama”.

Su corpulencia la hace resistente a las asperezas del trabajo. Puede ufanarse de decir que la mayoría de sus diez hijos nacieron en la vega, con la ayuda en ocasiones de una partera o de su esposo.

En cualquier momento del día desciende por el barranco sin ninguna dificultad y camina bajo el sol abrasador por el extenso trayecto de la playa hasta la orilla del río, en busca de agua para solventar las tareas domésticas pendientes, como fregar platos y peroles. Regresa sudorosa con un tobo lleno montado en la cabeza.

Carmen, a diferencia de otras mujeres que trabajan en las costas del Orinoco, dice que no puede estar en la vega sin una cocina techada: “Ah, esto es por el sol y por una lluvia, verdad, porque si llega a venir una lluvia entonces no podemos hacer nada en la cocina, todo eso lo moja el agua, pero así también es bueno y no sería ni tan bueno porque la brisa tampoco deja”.

“Sí señor, tenemos años en esto –añade–, en esas vegas. Nosotros invernamos en el pueblo, en el barrio Centurión, en Caicara del Orinoco y de verano pa´ acá, pa´ las vegas, porque nos encanta mucho la vega. Ahorita en el verano está una parte allá porque la casa no puede quedar sola, tiene que haber alguien ahí. Está la muchacha y el hijo allá, como tengo un niño estudiando también. Estos también están estudiando, pero el otro no hombre, tiene una carrera en ese estudio que no le dan ganas ni de venir pa′ acá. Ese es estudiando y estudiando. Bueno, y de invierno sí nos reunimos todos”.

En cuanto al verano, precisa que en octubre ya están mudados a la vega y comienzan a armar todo lo que necesitarán durante el periodo de siembra y cosecha. “Por lo menos en lo que verdad, se llega bajadas de aguas, nos venimos y entonces comenzamos a hacer casa, porque aquí no queda nada armado, eso lo tumba el río, todo lo que queda aquí”.

“La casa” que levanta anualmente con la ayuda de sus hijos y su pareja, consiste en un espacio de cinc, madera y plásticos, en el que padres e hijos pasan las noches, en sus respectivos chinchorros, arrullados por el inclemente viento que recorre El Brisote.

El resto de la morada es el lugar preferido de Carmen Molina: la cocina. En ella tiene el fogón de leña del que brotan los diferentes platos: blandos y suculentos frijoles rojos, arroz, pescado frito, chigüire, café recién colado, dulce de auyama, cachapas. De la cocina también emana toda la fuerza de esta mujer que es esposa, madre, abuela y sobre todo, una gran veguera.

Músico, ebanista y veguero



La imagen de hombre duro y huraño que tiene en Las Bonitas, José Anencio Carrizo Iruiz, se disipa cuando habla de su vida como músico, ebanista y veguero. Sin mucho esfuerzo imprime a sus palabras jocosidad y energía.

Desde hace varios años convive con la soledad. Pese a que en ocasiones recibe la visita de algún hijo, las horas se le van entre su taller de carpintería y los paseos o inspecciones que realiza a lo que considera su gran territorio: la vega –ubicada una considerable parte cerca de su casa, un inmenso patio adyacente al río–, a fin de asegurarse que no haya intrusos o personas interesadas en causarle problemas.

Casi retirado de la actividad agrícola, debido a constantes decepciones por créditos que nunca recibió y por cosechas perdidas, alienta sin embargo la ilusión de “sembrar el próximo año”.
“Bueno, voy a ver –dice José Anencio Carrizo– porque si yo puedo dedicarme a mi trabajo de aquí, porque el asunto es el sol, que yo estoy casi que no puedo llevar sol, y usted sabe, pa′ uno trabajar en la vega tiene que llevar sol. ¿Adónde se va a meter? Ahí no hay palo en esa vega. Pienso sembrar un rolito de tierra este otro año, si Dios quiere y la Virgen, según como me salga la tierra. Este año sí es verdad que va a salir limpiecita, fácil pa′ acomodarla toda la tierra”.

También está convencido que el trabajo en la vega es duro. De ahí que recalca que “eso no es pa′ todo el mundo tampoco. Por eso es que muchos se dedican más bien a pescar y no a trabajar en la vega. Eso es duro. Eso es pa′ hombres, eso no es pa′ mamadera de gallo. Sí, yo que le digo, yo sé lo que es ese trabajo. Yo estoy acostumbrado”.

Admite que no le ha gustado la pesca. “No, no me gusta ese empleo. No. Eso sí es verdad que no me gusta a mí. Ni con anzuelo así aislado. No, no me ha gustado nunca ese trabajo. Yo me como un pescado si me lo dan, tome, lléveselo. No, no sé cómo se pesca pescado, porque es que no me gusta ese empleo y yo no tengo tiempo pa′ eso tampoco, porque mi trabajo no es para andar por ahí perdiendo el tiempo pescando. Yo mi trabajo al que yo me dedico es mi trabajo de carpintería, o a otro que tenga que hacer. Ese es el trabajo mío”.

Y más que carpintero, José Anencio Carrizo se anuncia un ebanista capaz de hacer cualquier instrumento musical “que reviente, de todo, de toda clase: violín, bandolín, cuatro, arpa. Antier hice un cuatro bien bueno y vino un muchacho y se lo llevó antenoche. Bonito que me quedó el cuatro y bien bueno. Y un arpa, con madera fina no sale ronca, sale clarita, especial, arpa buena, yo que le digo que yo le hago un arpa a usted y queda como si fuese hecha del Apure, de la fábrica del Apure, que la he hecho”.

Su talento musical igual le permite arrancarle melodías a la bandolina, al acordeón y a la guitarra. “Toco guitarra grande –enfatiza– y la hago también. La hago y la toco yo mismo. Orita tengo una que voy a ver si pasado mañana la armo, pa′ hacerla, una guitarra grande. Hago arpas pero no las toco. No me gusta. Bueno, pa′ que usted vea, no me gustó porque era muy grande, tenía muchas cuerdas y la hago, pero no me gustó la música de arpa. No sé nada, ni afinarla, el hermano mío sí medio la toca”.

Músico, ebanista y veguero, quizás cada vez menos veguero, José Anencio Carrizo Iruiz se sincera: “No, yo por más que sea, le voy a ser franco, prefiero más bien mi carpintería que la vega. ¿Qué dice usted? La vega es pa′ uno matarse así como le estoy diciendo y aquí en mi trabajo estoy en la sombra, no llevo sol, y de todas maneras estoy trabajando en mi trabajo. Puede que uno tumbe un rolito de una vega de esa como pa′ sembrar una hectárea, dos hectáreas de tierra de grano como pa′ el grano de la casa de uno, que eso le da a uno, uno tumba dos hectáreas y mire, eso le da a uno pa′ vender no mil kilos, hasta cinco mil kilos de frijol, porque carga”.

Mujer de islas



Haber nacido en Parmana, “en el campo, y tener unos cuantos años trabajando en esto”, hacen a Sonia González sentirse una veguera.

Con risa de por medio a la que recurre para tratar de menguar cierta timidez, ratifica: “Sí no, sí soy veguera, todos los años trabajo por aquí. Tengo que mudarme pa′ la cosecha. Cuando voy a sembrar sí voy y vengo, pero cuando voy a cosechar sí, me traigo todos los obreros y me mudo pa′ acá a cocinarles”.

Recuerda que su madre también era veguera, de Espino –actualmente parroquia guariqueña del municipio Leonardo Infante–, llegó a Parmana, consiguió tierra y “nos pusimos a sembrar frijoles, maíz, patilla, caraota, caraota negra, cuando eso se daba la caraota negra bastante. Ahora no se da. No sé porqué no se da. En varias tierras sí se da, pero por aquí no”.

De la infancia transcurrida en las tierras del Orinoco, entre las faenas agrícolas, Sonia guarda gratos recuerdos. Asegura que se divertía bastante periqueando y comiendo mucho melón y patilla.

“Empecé a sembrar allá donde dicen El Puyazo, al frente de Parmana, ahí empecé a sembrar. O sea estaba pequeña y lo que hacía era ayudar a sembrar a mi papá y a mi mamá, y entonces nos poníamos a periquear porque había muchos pericos y se comían los frijoles. Tuve una época yendo a la escuela, pero casi nada aprendí por estar pendiente a la isla, tenía que periquear, venirme en la mañana y entonces volvía pa′ la casa en la tardecita, a las seis de la tarde. Regresaba a la casa”.

Según Sonia, ha cambiado un poco la participación de los niños y niñas en las vegas, ya no trabajan tanto como antes –enfatiza– porque están en la escuela. Como ejemplo menciona el caso de sus siete hijos.

“Estudiaron unos, los mayores estudiaron y se fueron pal llano. Les gusta el llano a tres de los hijos míos. Dos tengo en la casa, que son los bordones y el otro estudia. No les gusta trabajar vegas. A ninguno le gusta estar en las vegas. Pero sí son bien trabajadores, pero no aquí. Ellos me ayudan así, cuando voy a sembrar, pero de ahí el resto ellos se quedan, se van pa′ la Pascua o se quedan aquí en Parmana. No sé por qué no les gusta, será por lo lejos y el pasar el río, cruzar el río todos los días. A veces está bravo el río, da miedo de cruzar el río”.

Sonia estima que lleva alrededor de diez años arrancándole frutos a la isla de López. “Ahí después que me casé y eso, empecé pa′ acá a sembrar. Conseguí esas tierras por aquí y empecé a sembrar pura caraota pintada. Todos los años, a bajadas de agua siembro. A veces siembro pura caraota pintada. Este año sembré caraota pintada y frijol. Estuve nueve años sembrando algodón pa′ aquí pa′ la isla de Rabo Pelado, por ahí, nueve años sembrando veinte hectáreas de puro algodón. Por lo lejos abandoné aquello allá, por lo lejos de venir a buscar la comida ahí a Parmana, de traer la cosecha a la orilla del río. Bueno y abandoné eso”.

Como “tremendo” califica el trabajo en las vegas y aunque le gusta, reitera: “Pero es tremendo, uno llega cansado, o sea no es pa′ uno, pero ya uno acostumbrado, qué se va a hacer. Uno no estudió ni nada, tiene que trabajar esto. Y a veces, pa′ esgranar sí, pero pa′ sembrar no es mucha cosa así que se canse uno. Pero pa′ esgranar, picar, eso sí. Eso es trabajo bastante”.

Desde su condición femenina, Sonia percibe que la producción agrícola en tierras del Orinoco le resulta más ardua a la mujer que al hombre. “Porque claro, es un trabajo duro, verdad, pa′ uno la mujer es un trabajo duro. Pal hombre no, porque está acostumbrado a trabajar eso. Pero yo en esta vida que tengo he trabajo puro islas, así. Me ha gustado trabajar”.

La realización



En correspondencia al auge de la realización integral, ante la necesidad de una larga estadía en la zona de trabajo y la complejidad en cuanto a movilización y alojamiento, Carlos Gómez asumió varios roles para sacar adelante Vegueros.

Para esto el director del documental se valió de su experiencia de casi quince años en los medios audiovisuales y el seguimiento de la técnica de la etnografía audiovisual, donde mientras más reducido sea el personal técnico involucrado en el proceso de realización, más se garantiza la naturalidad en la convivencia y la observación directa que forman parte del registro audiovisual.

La producción e investigación de campo la llevó a cabo Marlen Leal. Con su brújula periodística efectuó durante la etapa de preproducción un rastreo por diferentes vegas de los estados Guárico y Bolívar, que permitió hallar gran parte de los escenarios y personas que protagonizan Vegueros. En la etapa de rodaje, la comunicadora social facilitó al equipo todo lo correspondiente a movilización, hospedaje y alimentación. Además, logró obtener valiosos testimonios en cada una de las entrevistas realizadas a los vegueros y vegueras.

El sonido directo estuvo a cargo de Jhonnatan Freites. Se responsabilizó de la parte más importante del registro sonoro en el campo, haciendo un esfuerzo notable ante la inclemencia del clima, sobre todo tomando en cuenta los fuertes vientos que en la época de verano se hacen presentes en el Orinoco Medio.

Por las características especiales de un trabajo realizado casi en su totalidad en el estado Guárico, Kaori Flores asumió la supervisión de producción. Acompañó desde la ciudad de Caracas el proceso de preproducción, producción y postproducción del documental, convirtiéndose en un apoyo indispensable en la consecución del proyecto.

Para el respaldo logístico se contó con Iván Chire, pescador y veguero asentado en la población de Parmana. Se sumó al equipo de trabajo ayudando en todo momento en el trabajo de cámara y sonido y sirviendo muchas veces de baquiano en los recorridos a través de las vegas. Siendo una persona natural de la zona, constantemente aportó datos muy importantes tomados en cuenta durante el registro.

La seguridad en los traslados, río arriba, río abajo, la aportó Jesús Rodríguez con su embarcación. Durante el tiempo de rodaje dejó constancia de ser un avezado motorista y un experimentado guía a través del Orinoco. Sus variopintas historias acerca de su vida como pescador, matizaron en muchas ocasiones la dureza de ciertas horas.
 
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